2 DE MAYO DE 1982: EL HUNDIMIENTO DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO

Los suboficiales abocados a las máquinas de popa, sector neurálgico y donde impactó el primer torpedo provocando 272 bajas, relataron detalles poco conocidos sobre el hundimiento y la odisea que padecieron durante 26 horas de naufragio en el Atlántico Sur.

Por su cabellera casi lampiña, en la Armada lo apodaban “El Ruso”. Al cumplir 15 años, el designio materno decretó que debía alistarse junto a su hermano Roberto en la Escuela de Suboficiales de la Marina. Su madre María Delia procuraba alejar a sus hijos del infortunio  y de la escasez que la familia padecía en Colonia San Joaquín, un enclave rural santafecino con apenas 25 ranchos donde desde los 8 años los chicos sembraban a la par de los adultos papas, algodón y maíz.

No había tregua ni vacaciones. Las labores en el campo se extendían los siete días de la semana los 365 días del año y aun así los alimentos se racionaban en la mesa familiar. Don Manuel, el padre, peón de la Estancia La Pilgará, propiedad de terratenientes ingleses, intuía que no soportaría el desapego, pero ellos merecían un mejor futuro y terminó aceptando la decisión indeclinable de su mujer.

Hasta entonces el mundo para los hermanos Wery se ceñía a ese tapiz verde y bucólico de Santa Fe. Un terruño en el que el mar y los buques aparecían fuera de escala y se perfilaban como una inescrutable abstracción. Ni siquiera habían visto el mar en una foto o en una ilustración. En su precoz imaginario, la faena marina cobraba la dimensión de un enigma.

Pero el mar fue para el futuro maquinista Ricardo “El Ruso” Wery (60) un arrobamiento instantáneo. Y navegar en los buques, reparar las máquinas y respirar el límpido aire oceánico bajo un manto fulgurante de estrellas, se convirtió enseguida en una suerte de adicción.

Durante el conflicto con Chile, “El Ruso” patrulló el irascible Canal de Beagle a bordo del portaaviones ARA 25 de mayo y un año y medio antes de desencadenarse la Guerra de Malvinas ya cumplía funciones poniendo a punto los generadores de emergencia, contiguos al sector de máquinas del Crucero General Belgrano.

Misión riesgosa

1 de mayo de 1982:  mientras el Belgrano navegaba junto a los destructores Bouchard y Piedra Buena desde la isla de los Estados rumbo a Malvinas, el grueso de la tripulación desconocía los pormenores de una misión casi imposible, luego abortada: localizar por el sur y atacar a la flota británica.

El Ruso había zarpado con los otros 1092 tripulantes de la base de Puerto Belgrano el 16 de abril. No tenía noticias sobre el destino de su hermano, embarcado como camarero del ARA San Antonio para la Operación Rosario. En los momentos de ocio, de eso hablaba con su colega, Blas Fernández, también maquinista, y con un novel conscripto de sus pagos santafecinos con quien alimentó una fecunda amistad. Aquel joven, decisivo en el destino de Wery, tenía 18 años y era oriundo de Las Toscas, un pueblo 300 km al norte de Colonia San Joaquín. Se llamaba Héctor Aníbal Casali.

2 de mayo: 15.50

 Diez minutos antes de la hora estipulada, al cabo segundo Ricardo Wery le llegó el relevo en el sector de las máquinas de popa. Se dirigió al comedor  para merendar, ubicado una cubierta más arriba del cuarto que albergaba la propulsión del buque. El amplio comedor, a su vez, se dividía en dos largos ambientes y a esa hora estaba repleto de gente. Wery se sirvió chocolate caliente y facturas. Pensaba ubicarse en el salón principal con el resto de sus camaradas, cuando una voz lo detuvo.

Ruso, venite acá conmigo que estoy solo. Necesito conversar—le imploró su coterráneo, el conscripto Casali.

Wery accedió y cuando estaba por sentarse, un estruendo seco y atronador, seguido por un insaciable fogonazo estremeció la estructura plúmbea del Belgrano. El reducto quedó inmediatamente a oscuras. Las mesas remachadas al piso volaron violentamente por el aire, lenguas de fuego invadían el comedor y había rajaduras y partes levantadas de la cubierta. Por allí brotaban agua de mar y petróleo a presión. Los gases  y el vapor mezclados con un viscoso humo blanco tornaron irrespirable el ambiente.

El efecto devastador del primer torpedo Mark 8 lanzado con sigilo a una distancia de 5000 metros por el submarino nuclear HMS Conqueror, no radicó sólo en el impacto de sus 364 kilos de carga explosiva bajo la línea de flotación, en el costado de popa, por la banda de babor.

Su poder letal fue la sinergia del impacto en los tanques de combustibles: en segundos ardió todo el sector de las máquinas de popa, incluidos los sollados y camarotes donde descansaban los suboficiales.

La nave se escoró en el acto 5° babor. Quedó en penumbras y cesó la propulsión.Por la onda expansiva, Wery salió despedido varios metros y segundos después, sobreponiéndose al aturdimiento, logró incorporarse.

—Gringo, vení, acompañame. Veamos qué podemos hacer—le gritó Wery con desesperación al conscripto Casali.

Caminaron en dirección a popa hacia el comedor principal, donde Wery había originalmente planeado merendar si no hubiese sido por aquel llamado milagroso de Casali.  La voracidad de las llamas exponían la devastación.

Observó que el piso en ese sector había desaparecido. Ahora se abría un abismo de fuego en el que retumbaba el crujir de hierros y el acero destrozándose entre sí y los alaridos y el eco ahogado de gente bañada en petróleo. Se estaban quemando vivos y pedían una ayuda a todas luces estéril.

El preludio del fin

“Hacia popa las llamas alcanzaban el techo y el vapor y los gases nos asfixiaban en medio de la oscuridad. Pero la mayor tragedia se sucedía en las entrañas del buque, debajo de la línea de flotación”, evoca a Infobae Wery.

Y se le quiebra la voz. “Recuerdo haber visto en el comedor principal a dos camaradas suspendidos en el aire, aferrados a cañerías o cables del techo gritando socorro, porque el piso había volado. Traté de acercarme pero era imposible salvarlos: en un instante ambos se desplomaron en la profundidad de la sala de máquinas”.

A las 16.01, ese sector neurálgico del ARA Belgrano, contiguo a los tanques de fuel oil naval, se transformó en una hoguera de acero fundido, mientras la ingente entrada de agua contribuía a un vertiginoso apopamiento del buque.

Doscientos setenta y dos miembros de la dotación perecieron en aquel calvario.

Casi simultáneamente, segundos después, un segundo torpedo cercenó unos 15 metros la proa del Belgrano, pero aquel estruendo, un buque de casi dos cuadras de largo, no fue percibido por Wery.

En la cubierta principal y en el centro del buque se ubicaba la espaciosa cocina donde se preparaban albóndigas que serían servidas con papas hervidas en la cena, narró el comandante Héctor Bonzo, fallecido en 2009, en su libro 1093 Tripulantes.

“Al producirse las explosiones y sin saber a ciencia cierta qué estaba pasando, el cocinero cortó rápidamente la alimentación eléctrica como medida precautoria y creyó que su acción era la causante del cese de energía. Como la escora se hizo notar rápidamente, todos tendieron a sacar las sartenes con aceite que estaban sobre las hornallas, para evitar que al caer sobre la plancha caliente se provocara un incendio”.

En medio de un mar calmo, que se tornaría furibundo dos horas después, la nave de 185 metros de eslora se desplazaba a 14 nudos (55 km) por hora, al sur del Banco Burdwood, casi a la misma latitud de la isla de los Estados, hacia donde se dirigía. Como una ironía el portento artillado, bautizado en 1944 por la marina norteamericana como Phoenix (Fénix) había sobrevivido incólume al ataque de Pearl Harbor pero ahora comenzaba a zozobrar en el Atlántico sur.

Salvarse por una amistad  

El amigo de “El Ruso”, el cabo segundo Blas Fernández era el encargado del mantenimiento de las calderas principales que accionaban las turbinas. Cumplía guardia de 16 a 20 en lo que en argot naval se denomina Cuarto de Combustible.

“Había almorzado tallarines con tuco, me fui a dormir una siesta y como no podía descansar me duché, me vestí y me fui media hora antes a tomar mi puesto de guardia y relevar al cordobés Horacio ‘Fatiga’ Romero, el primer trasplantado, años después, de corazón y pulmón por René Favaloro”, relata Fernández, apodado “Copetona”, en honor al pueblo de Tres Arroyos donde nació.

“Al llegar, Romero me invitó a tomar unos mates con los muchachos. Yo al principio me negué. Debía ajustar tres válvulas en los tanques y prefería terminar antes con eso. Pero fue tan insistente que al final accedí. Un grupito nos apoltronamos en un pasillo y al cuarto mate sobrevino la explosión “, cuenta Fernández.

“Creo que al igual que El Ruso ambos íbamos directo a la muerte pero por esas cosas del destino la amistad nos salvó la vida”, reflexiona.

Con el corazón acelerado y las emociones al límite nublándole la razón,  en medio de la oscuridad Fernández pudo escapar de allí haciendo el recorrido de memoria hasta cubierta. Otros gateaban por los pasillos. Habían sido entrenados para sortear todo tipo de obstáculos en los zafarrancho de siniestro.

“No pude salvar a ningún compañero. Salvo mi grupo, todos habían muerto o agonizaban quemados. Nada, nada podía hacerse”, se lamenta.

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